Enfadarse puede ser bueno

Cecilia Muñoz - Washington,
Entered on July 10, 2008

Creo que una pequeña indignación puede llevarle a uno a recorrer un largo camino.

Recuerdo el preciso momento en que descubrí que la indignación era una especie de combustible. Fue alrededor de 1980. Yo tenía diecisiete años, era hija de inmigrantes bolivianos y me había criado en un suburbio de Detroit. La conversación de sobremesa tras la cena con mi familia giraba en torno de la guerra que estaba teniendo lugar en Centroamérica y de la implicación de los Estados Unidos (mi país por nacimiento y el de mis padres por adopción), y un buen amigo dijo algo que me sacó de quicio. Me dijo que él pensaba que los Estados Unidos podían ir en cualquier momento a la guerra en cualquier lugar de América latina. Me miró a los ojos y sostuvo que, si eso ocurría, creía que mis padres serían enviados a un campo de internamiento, como los japoneses americanos durante la Segunda Guerra Mundial

Era alguien que nos conocía, que se sentaba a nuestra mesa y sabía lo muy americanos que éramos. Tal vez seamos un poco exóticos, pero nunca se me había ocurrido que fuésemos otra cosa que una familia americana. Para mi amigo, como para muchos otros, siempre estará en duda el que pertenezcamos o no a este país, nuestra patria, una duda que justifique el que nuestra libertad nos sea arrebatada. Mi indignación de aquel día se convirtió en un motor de mi vida, llevándome al movimiento por los derechos civiles, en el que trabajo desde entonces.

Supongo que la indignación me llevó bastante lejos. Encontré tareas en el movimiento por los derechos de los inmigrantes. Me trasladé a Washington para ejercer la abogacía. A lo largo del camino, di con muchísimas más razones para estar enfadada y me hice algo así como una reputación por mi estridencia. Alguien le envió una vez a mi madre un artículo sobre mi trabajo. Se sintió orgullosa y todo, pero quiso saber por qué se describía a su hija como “feroz”.

Sin embargo, la ira tiene un modo de vaciar nuestro interior. En mi primer trabajo, si ayudábamos a cincuenta familias inmigrantes en un día, las caras de las cinco que no cumplían los requisitos se me aparecían en sueños por la noche. Cuando colaboré a la presentación en el Congreso de una ley que facilitara la reunificación familiar de americanos, sólo podía pensar en mi primo, que no reunía las condiciones y que tendría que esperar otra década para conseguir sus papeles.

Es así cada día. Tienes victorias, pero las derrotas las superan en número por mucho, y tú recuerdas los rostros de los que perdieron. Conservo el artículo sobre la granjera que se quitó la vida cuando fuimos vencidos en nuestra lucha política. No he olvidado su nombre, y no sólo porque su apellido fuese igual al mío. Su historia me recuerda por qué hago este trabajo y lo poco que realmente puedo conseguir.

Estoy profundamente familiarizada con ese vacío que la indignación cava en el alma. Me he alimentado de él para sostenerme en mi tarea durante muchos años. Pero él no me ha devorado a mí completamente, quizá porque el espacio desierto se llena de otras cosas, más poderosos, como la compasión, la fe, la familia, la música, la bondad de la gente que me rodea. Esas cosas me colman y atemperan mi indignación con un hondo sentimiento de gratitud por tener el privilegio de aportar mi pequeña parte para que todo vaya mejor.

Cecilia Munoz es vicepresidenta de la Oficina de Investigación, Abogacía y Legislación en el Consejo Nacional de La Raza. Nacida en Detroit, en el seno de una familia de inmigrantes bolivianos, ha trabajado en representación de los hispanos americanos. Muñoz ha sido designada miembro de la junta de gobierno de la fundación MacArthur en el año 2000.

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Este ensayo es material protegido por derechos de autor, reproducción o no se permite la extracción sin el consentimiento por escrito de Este a mi juicio, Inc Fue traducido por Horacio Vázquez-Rial y reimpreso con el permiso de la Plataforma Editorial.

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