Una atleta de Dios

Martha Graham - New York
Entered on July 10, 2008
Martha Graham
Age Group: 50 - 65

(Del programa de los años cincuenta)

Creo que aprendemos mediante la práctica. Sea que esto se refiera a aprender a bailar practicando la danza, sea que se refiera a aprender a vivir practicando la vida, los principios son los mismos. En los dos casos se trata de la ejecución de una apasionada y precisa serie de actos, físicos o intelectuales, a partir de los cuales cobra forma un logro, un sentido del propio ser, una satisfacción del espíritu. Una se convierte, en cierto sentido, en una atleta de Dios.

La práctica consiste en ejecutar, una y otra vez, y contra todos los obstáculos, algún acto de visión, o de fe, o de deseo. La práctica es un modo de invocar la perfección deseada.

Pienso que la razón por la cual la danza ha adquirido tal magia sin edad para el mundo, es que ha sido el símbolo de la ejecución de la vida. He oído muchas veces la frase “la danza es la vida”. Es muy cercana a mí por un sencillo y comprensible motivo: el instrumento a través del cual habla la danza es también el instrumento a través del cual se vive la vida: el cuerpo humano. Éste es el instrumento por medio del cual se manifiesta lo primordial de la experiencia. Retiene en su memoria todo lo que cuenta en relación con la vida y la muerte y el amor.

Bailar parece glamuroso, fácil, encantador. Pero la senda del paraíso en este terreno no es más fácil que en los demás. Hay una fatiga tan grande que el cuerpo llora hasta en su sueño. Hay ocasiones en que la frustración es total; hay pequeñas muertes diarias. Entonces necesito todo el consuelo que la práctica ha almacenado en mi memoria, y la tenacidad de la fe. Pero tiene que ser la clase de fe que tuvo Abraham, cuando “no dudó de la promesa de Dios por falta de fe”.

Lleva unos diez años formar un bailarín maduro. El entrenamiento es doble. Está el estudio y la práctica del oficio para fortalecer la estructura muscular del cuerpo. Se forma, se disciplina, se honra al cuerpo y, en su momento, se confía en él. Los movimientos se hacen limpios, precisos, elocuentes, verdaderos. El movimiento nunca miente. Es un barómetro que dice el clima del alma a quien sepa leerlo. Se lo podría considerar la ley de la vida del bailarín, la ley que gobierna sus aspectos exteriores.

Después está el cultivo del ser. Es por medio de éste que las leyendas del viaje del alma se vuelven a contar con toda su alegría y toda su tragedia, y con la amargura y la dulzura del vivir. Es en este punto donde la amplitud de la vida se apodera de la personalidad del intérprete y, a la vez que el individuo (el indiviso) se hace más grande, lo personal se hace menos personal. Y está la gracia, me refiero a la gracia que resulta de la fe: fe en la vida, en el amor, en la gente y en el acto de bailar. Todo eso hace falta en la vida para cualquier actuación magnética, poderosa, rica en significados.

En un bailarín, hay reverencia por cosas tan olvidadas como el milagro de los hermosos huesos pequeños y su delicada fuerza. En un pensador, hay reverencia por la belleza de un mente alerta y precisa y lúcida. En todos los que actuamos hay conciencia de la sonrisa que forma parte del equipo, o el don, del acróbata. Todos hemos caminado por la cuerda floja en circunstancias y momentos determinados. Todos reconocemos la fuerza de la gravedad. La sonrisa está ahí porque él está practicando el vivir en ese instante de peligro. No elige caer.

En siete décadas como bailarina y coreógrafa, Martha Graham creó 181 ballets. Una de las fundadoras de la danza moderna, es conocida por su colaboración con otros artistas de relieve, entre ellos el compositor Aaron Copland. En la compañía de Martha Graham se formaron grandes de la danza como Alvin Ailey y Twyla Tharp.

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Este ensayo es material protegido por derechos de autor, reproducción o no se permite la extracción sin el consentimiento por escrito de Este a mi juicio, Inc Fue traducido por Horacio Vázquez-Rial y reimpreso con el permiso de la Plataforma Editorial.

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