Un viaje hacia la aceptación y el amor

Greg Chapman - Houston,
Entered on July 10, 2008

¿En qué creo? En que las historias que me cuento a mí mismo constituyen mi verdad, mi alma y mi vida. Me educaron para que fuera un buen bautista y un patriota americano. Me educaron para que creyera que los católicos adoraban ídolos, que los liberales eran comunistas y que los negros y los blancos no debían mezclarse jamás. Dios se mantenía en segundo plano, dispuesto a condenarme al infierno. Dios veía todo lo malo que yo hacía, conocía todos mis pensamientos caprichosos. Había nacido con el pecado original y no tenía oportunidad. Al mismo tiempo, ser un americano blanco me daba un sentimiento de privilegio, de ser uno de los “mejores”.

Cuando crecí, comencé a luchar con mi sexualidad. Cada día libraba mi batalla con los demonios que querían desviarme hacia la impureza. Yo resistía y luego sucumbía a los pensamientos profanos. Llegué a pensar que yo mismo era una abominación, algo odiado por Dios. En busca de esposa, contacté con un servicio de citas. Derrotado, esperaba que alguien se apiadara de mí y me amara. Pensar en la farsa que representaba para satisfacer a los demás me daba vuelta el estómago. También llegué a creer que, si me castigaba lo suficiente, Dios tendría compasión de mí y me curaría de mi inmoralidad.

Caí en una depresión. Recuerdo a mi grupo de Biblia hablando de cómo habían echado a puntapiés a alguien que se negaba a dejar de ser gay. La sangre se me heló y el corazón estuvo a punto de salírseme del pecho. Recuerdo a mi familia, preguntándome qué me pasaba. ¿Por qué no salía con alguien? Mi sensación de ser menos que humano era como una úlcera. Dejé de ir a la iglesia. Abandoné la posibilidad de ser amado alguna vez. A los treinta y cinco años, el total de intimidad física de toda mi vida se limitaba a unos pocos abrazos. Mi piel gritaba por la falta de estímulos. No esperaba nada, salvo que un día las cosas mejoraran, si vivía lo suficiente. Y eso fue lo que sucedió.

Comencé a cambiar la historia básica de mi vida: que era malo, ajeno a Dios, un fenómeno de la naturaleza. Comencé a quererme a mí mismo y a creer que la Divinidad haría lo mismo. A medida que esa creencia se fortalecía, en las sucesivas repeticiones de la historia, comencé a amar a otros, y ese amor me fue devuelto. El racismo en el que había sido criado se desvaneció. Cuanto más me amaba a mí mismo, más belleza veía en los demás. Cuanto más sanaba, más veía la Biblia y todos nuestros grandes mitos como historias contadas por otros, y más buscaba, en mi corazón, la historia adecuada para mí.

A los seis meses, me uní al que es mi compañero desde hace cinco años, y que lo seguirá siendo, adherí a la iglesia episcopaliana y revisé mis ideas políticas. Y esto es lo que creo: la historia adecuada es la que me ayuda a quererme más, a crear más, a amar a los demás y a apoyarlos en sus creaciones. Porque es por estas impresionantes experiencias por lo que creo que estamos aquí. Así que soy gay. Y ahora, tras décadas de lucha, cuento una buena historia sobre ello.

Greg Chapman vive a unos pocos kilómetros del hospital de Houston donde nació. Gestor fiscal de empresas, Chapman también disfruta de la escritura y está trabajando en una novela. Dice que este ensayo fue una experiencia terapéutica porque le ayudó a explorar los momentos definitorios de su vida.

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Este ensayo es material protegido por derechos de autor, reproducción o no se permite la extracción sin el consentimiento por escrito de Este a mi juicio, Inc Fue traducido por Horacio Vázquez-Rial y reimpreso con el permiso de la Plataforma Editorial.

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