Deja los problemas de identidad a los demás

Phyllis Allen - Ft. Worth, Texas
Entered on July 10, 2008
Phyllis Allen
Age Group: 50 - 65

De pie bajo la lluvia, esperando para subir los escalones que nos llevarían a la galería del Gran Teatro, apretaba la mano de Mamá y observaba a los hermosos niños rubios que entraban al vestíbulo, en la planta principal. Corrían los años cincuenta, yo era “de color” y esto es lo que creía: Mi sitio estaba en la galería del teatro céntrico, en la parte de atrás del autobús y en la entrada trasera del White Dove Barbecue Emporium (Barbacoa Paloma Blanca). Cuando le pregunté a Mamá por qué eso era así, me dijo: “Niña, la gente hace lo que hace. Lo que tú tienes que hacer es ser lo mejor que puedas.”

Tuvimos nuestro primer televisor en los años sesenta, y éste introdujo en mi sala de estar a los pastores alemanes que le pisaban los talones a una jovencita. También mostraba a niños como yo, que iban a la escuela en medio de una muchedumbre aullante, iracunda, que coreaba palabras que a mí no me estaba permitido decir. Ya no podía seguir siendo “de color”. Ahora éramos negros que nos manifestábamos en las calles para reclamar nuestra libertad; al menos, eso era lo que decía el predicador. Yo lo creía, aunque estaba asustada. Tenía que ser valiente y defender mis derechos.

En los setenta: jeans gastados, el pelo como un halo de rizos y el puño cerrado levantado, estuve en la calle del centro gritando. Jóvenes negros iracundos, con lustrosas chaquetas de piel negra y boinas, habían convocado desde las distantes orillas de Oakland, California. Basta de no violencia, basta de aguantar tranquilamente en las primeras líneas mientras nos apaleaban. Se acabaron las simples cortesías como “por favor” o “muchas gracias”. Era oficial; así lo decían Huey, H.Rap y Eldridge. Yo creía en ser negra y estar furiosa.

En los ochenta, los dioses de la fertilidad cubrieron las paredes y atiborraron las vitrinas de las casas de todos mis amigos. Gente que lo más cerca de África que había estado era en el pase de una película de Tarzán, rompía de pronto a hablar swahili. Los ochenta nos otorgaron el guión entre orígenes: “afro-americano”. Envuelta en vestidos de tejido elaborado y diseño suelto, con mucho oro, fui una seudoafricana que jamás había visto el África. “Es tu herencia”, decía todo el mundo. En aquel tiempo, creía en la elusiva promesa de la tierra materna.

En los noventa, fui una mujer –cuya piel, casualmente, era castaña— que corría tras el sueño americano. Todo el mundo decía que la culminación de ese sueño estaba en lo material. Creía en el mérito de pasar días enteros de compras. ¿Deudas? No me preocupaba ninguna apestosa deuda. Eran los noventa. Mi plan 401(k) estaba en las cifras de mediados de los sesenta y yo creía en American Express. Entonces llegó el crash, y American Express no creyó en mí ni una mínima parte de lo que yo había creído en ella.

Ahora, estamos en un milenio completamente nuevo y la ostentosa generación del vídeo nada tiene que ver conmigo. Todo cambió cuando cumplí los cincuenta. Con las arrugas, la pérdida del tono muscular y la vista cansada, llegó la confianza que me permite mantenerme apegada a una muy breve lista de creencias. Dejaré a los demás la cuestión de la identidad. Creo que soy libre de ser lo que quiera ser. Creo en ser buena amiga, buena amante y buena madre, así puedo tener buenos amigos, buenos amantes y buenos niños. Creo en ser mujer, la mejor que pueda, como decía mi madre.

Phyllis Allen ha vendido publicidad para las Páginas Amarillas durante quince años. Pasa aproximadamente la mitad de sus horas de trabajo en el coche, recorriendo el territorio que rodea Dallas y Fort Worth, en Texas. Escribió su ensayo en su automóvil y ensayó su lectura en voz alta en el almacén de la compañía telefónica. Cuando se retire, espera continuar con su primera pasión, la escritura.

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Este ensayo es material protegido por derechos de autor, reproducción o no se permite la extracción sin el consentimiento por escrito de Este a mi juicio, Inc Fue traducido por Horacio Vázquez-Rial y reimpreso con el permiso de la Plataforma Editorial.

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